La historia como arraigo

Hubo gestos diplomáticos invaluables entre México, España e Italia, que contribuyen a velar por la restitución, conocimiento y preservación del patrimonio cultural e histórico. Pero, ¿cuál es el propósito que estos actos pueden tener?

Esta semana la Secretaría de Cultura del gobierno de México informó que España regresó a nuestro país, por medio del consulado mexicano en Barcelona, un total de 2 mil piezas arqueológicas que formaban parte de la colección de una familia que radica en aquella ciudad. Este anuncio se da a conocer al tiempo en que el gobierno de Italia notificó de la restitución de alrededor de 30 piezas, también arqueológicas.

Del embarque de 2 mil piezas no se han dado a conocer más detalles. En el caso de los objetos regresados por Italia sabemos que se tratan de estatuillas, jarrones y collares que fueron manufacturados por las culturas totonaca, tarasca, zapoteca, mixteca y maya, y están fechadas en el primer milenio de nuestra era. Las piezas fueron aseguradas por miembros del Comando de Protección del Patrimonio Cultural y fueron autentificadas por miembros del Museo de las Civilizaciones de Roma y el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México.

En respuesta a este acto, el gobierno mexicano restituyó a Italia más de mil documentos del archivo del escritor Ettore Ferrari, donados por el senador jalisciense Arturo Zamora Jiménez, quien había adquirido la correspondencia de Ferrari hace 16 años por medio de un anticuario. Este intercambio de bienes se dio en el marco del Centenario de la Sede de la Embajada de México en Italia. Sin duda se tratan, los tres, de gestos diplomáticos invaluables que contribuyen a velar por la restitución, conocimiento y preservación del patrimonio cultura e histórico de las diferentes culturas del mundo.

Pero, ¿cuál es el propósito que estos actos pueden tener? Creo que son varios, sin embargo, me interesa traer a colación el carácter simbólico que encierran esas restituciones en la formación y conservación de las identidades. Bien lo decía Juan Rulfo que uno de los intereses de la historia es que los seres humanos se sientan arraigados por su pueblo, de manera que se consideren herederos de una historia común e identificados con quienes aparentemente son distintos y distantes. Parece una utopía, pero no deja de ser una idea coherente: la historia generadora de arraigo, porque quien establece vínculos no hace daño a aquello a lo que se ha vinculado.

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