El castillo de naipes

La toma del Capitolio demuestra la fragilidad del país que se ha hecho llamar la democracia por excelencia en el orbe.

Estados Unidos tuvo una guerra intestina después de la independencia de las Trece Colonias de 1776. La Guerra de Secesión que abarcó los años de 1861 a 1865 definieron el conflicto interno más importante de aquel país, pero ni antes ni después volvieron a tener un acontecimiento de tal envergadura.

Una situación contraria sucedía al sur del río Grande, o río Bravo, pues desde el comienzo de la rebelión de 1810 y hasta la llegada de Porfirio Díaz a la presidencia, la vida política mexicana estuvo caracterizada por guerras intestinas y por invasiones extranjeras, una tras otra. Aunado a lo anterior, los constantes arrebatos del poder, que hicieron que el gobierno transitara por diferentes sistemas de gobierno, influyeron en que México no recuperara ni se acercara a las circunstancias económicas que tenía la entonces Nueva España antes de la insurgencia.

            Estas diferencias entre dos naciones separadas por una frontera natural fueron significativas para el curso que tomaron los procesos histórico-sociales y políticos en ambos lados del río Bravo. Más aún, las diferencias que en nuestro siglo se advierten en las dos naciones no podrían entenderse si se ignoran las circunstancias desarrolladas en estos países a lo largo de su vida como Estados independientes.

Ahora bien, debido a lo anterior, mientras México continuaba sumido en constantes conflictos internos, Estados Unidos pudo contar con la tranquilidad política para expandir su influencia, como bien lo sabemos, desde el siglo XIX y hasta nuestros días. El asombro con que se han visto los acontecimientos de las últimas semanas en aquel país y, sobre todo, la toma del Capitolio la tarde de ayer, deriva de esa idea que durante dos siglos Estados Unidos transmitió a las naciones extranjeras, incluida la nuestra.

Me refiero a la idea (histórica, por cierto) que supone un Estados Unidos sólido, garante de la democracia moderna y de las libertades, cuyo destino está llevar la paz, la tranquilidad, la justicia y los valores universales al mundo. Inclusive en la pantalla grande fue promovida la visión de una supremacía estadounidense y que era ejemplo de desarrollo para todas las naciones.

Los sucesos de la tarde de ayer y todos los acontecimientos que puedan darse en los próximos días, hasta antes de la toma del poder por el demócrata Joe Biden, nos deben invitar a cuestionar aquellos esquemas que refieren cómo Estados Unidos se ha visto a sí mismo en los últimos siglos, pero, sobre todo, cómo desea ser observado por el mundo.

            La toma del Capitolio demuestra la fragilidad del país que se ha hecho llamar la democracia por excelencia en el orbe. Evidencia que ningún Estado, por más fuerte que parezca, o que desee parecer, está exento de circunstancias que pongan en jaque su sistema político. Si trasladásemos estas reflexiones a otros contextos, podría concluirse que ningún Estado debiera sentirse con la autoridad política de influir en las decisiones internas de otros países.

Veremos en los siguientes días cómo se comporta la vida política y la democracia de un país que, como en cualquier otro, es un castillo de naipes.

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