La iglesia incendiada y la pérdida de patrimonio

Los edificios religiosos católicos son patrimonio arquitectónico del país. Es obligación del Estado proporcionar las condiciones para su mantenimiento.

El domingo pasado se incendió la iglesia de la Santa Veracruz, edificio novohispano de estilo barroco, que se encuentra apenas unos metros de distancia de la Alameda Central de la Ciudad de México y del Palacio de Bellas Artes. Según información de la Arquidiócesis Primada de México, el edificio —que ha permanecido en el abandono tras el sismo de septiembre de 2017— fue allanado en los últimos días por un grupo de indigentes. El fuego había sido controlado el domingo y el lunes nuevamente se avivó.

El incendio de edificios religiosos en los siglos anteriores no fue algo extraordinario. Tanto en el periodo virreinal, como en el México independiente, fue común que el fuego consumiera parte de una infinidad de templos, lo cual obligaba a realizar trabajos de restauración o, en el caso más extremo, de reconstrucción absoluta. Y claro, ante la inexistencia de energía eléctrica y por tratarse de espacios constantemente iluminados por cera, las iglesias se convirtieron en lugares vulnerables de sufrir incendios.

Con los incendios no solamente quedaba en peligro el edificio. Hasta la parroquia más alejada de la diócesis podía contar con un retablo de láminas de oro, una pintura al óleo, un lienzo o figuras de los santos y demás advocaciones marianas y cristológicas. Así que ante lo ordinario de los incendios, una gran cantidad de arte religioso en México, depositado en esos pequeños templos, se perdió. Desde luego que no fueron todos, y es por ello que hoy aún contamos con variados ejemplos de arquitectura y bienes muebles religiosos en buenas condiciones.

Al mismo tiempo que el fuego deterioró los edificios de infinidad de iglesias en la otrora Nueva España, también se perdieron miles de fojas de libros parroquiales. Libros donde fueron registrados los niños bautizados, las parejas unidas en matrimonio y las defunciones de la totalidad de la población. Por lo menos hasta las Leyes de Reforma juaristas que crearon el Registro Civil (segunda mitad del siglo XIX), los archivos parroquiales constituyeron el principal —y no pocas veces el único— registro de la existencia de millones de individuos.

            A manera de ejemplo, un hombre y una mujer pudieron nacer en las minas de Real del Monte, en Pachuca, en el siglo XVII, y morir en el mismo sitio sin nunca haberse mudado de lugar. El hombre bien pudo dedicarse a la extracción de plata y la mujer a las labores en el campo. Y todo ello sin salir de Real del Monte. Así que, si sus vidas no tuvieron mayor trascendencia, el único legado que dejaron fue que sus nombres se hallasen escritos en los libros parroquiales.

Para los historiadores, un archivo parroquial contiene valiosos datos indispensables para conocer la evolución demográfica de un pueblo, las calidades sociales de sus habitantes, los eventos extraordinarios que sorprendían a los miembros de una parroquia. Por su parte, para los historiadores del arte, los edificios religiosos, sus retablos, sus capillas, sus pinturas y las esculturas son objeto principal de estudio.

No sólo para los estudiosos del pasado es importante la conservación de los templos y sus bienes en ellos contenidos. Para la promoción de la cultura y para catapultar el sector turístico es sumamente útil su supervivencia. Y así, muchas iglesias, dañadas por el sismo en México del 2017 han tenido que cerrar sus puertas, afectando con ello las visitas y la actividad turística en las ciudades como la capital, y en las provincias.

            Por ello, más allá del credo religioso que cada persona practique, los edificios religiosos católicos son patrimonio arquitectónico del país, inscritos como bienes nacionales. Es obligación del Estado proporcionar las condiciones para su mantenimiento.

De nueva cuenta, es urgente revertir el recorte al presupuesto del Instituto Nacional de Antropología e Historia y evitar, en el futuro, otros desatinados casos como el de hace unos días en el templo de la Santa Veracruz.

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