La pandemia y la factura de la Iglesia

Si este panorama mundial tan complejo comienza a volverse constante, quizás el número de católicos nos sorprenda a finales de esta segunda década del siglo. 

A poco menos de un mes de que se cumpla un año de la suspensión de las actividades públicas en México, a raíz de la pandemia de Covid-19, las celebraciones religiosas continúan paralizadas. En la segunda mitad del año pasado, cuando el semáforo epidemiológico nacional comenzó a pintarse de color naranja, las iglesias iniciaron con una paulatina reapertura y las celebraciones sacramentales empezaron a tomar vuelo. Después de mediados de diciembre del 2020, de nueva cuenta los templos cerraron.

Al menos hasta el 7 de enero pasado habían fallecido en México 134 sacerdotes y 4 obispos por Covid-19. La verdad es que a la Iglesia católica le ha afectado severamente la crisis derivada de la pandemia, a pesar de que esta misma institución ha buscado maneras de adaptarse a las circunstancias presentes. Impartición de la doctrina a través de plataformas de videoconferencias, imposición de las cenizas (a propósito del Miércoles de Ceniza) en pequeñas bolsas de plástico para llevarse a domicilio, o la realización del viacrucis en camioneta o auto para no generar aglomeración de feligreses son algunos ejemplos de estos cambios.

Sin embargo, los números no favorecen a la Iglesia católica. Según el reciente Censo Nacional de Población y Vivienda 2020, cuyos resultados fueron publicados hace unas semanas por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), los creyentes católicos disminuyeron cinco por ciento en comparación a los más de 126 millones de habitantes contabilizados en el país. Y ante circunstancias como las de esta nueva década que recién comenzó no parecen existir las condiciones para que la situación favorezca notablemente.

Por si fuera poco, habría que agregar los dichos de algunos jerarcas eclesiásticos en México, que no han sido muy benéficos ante la situación arriba referida. Me refiero, en particular, a los comentarios del cardenal emérito de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, quien a finales de diciembre pasado recomendó consumir té de guayaba para curarse del Covid-19; o la opinión del obispo de Ciudad Victoria (Tamaulipas), Antonio González Sánchez, quien en la homilía del domingo anterior comentó a sus feligreses que usar cubrebocas era desconfiar de Dios. 

En su conjunto, este tipo de comentarios solo abonan al desgaste que la Iglesia católica viene experimentando en los últimos años, y que se ha agravado por la crisis del coronavirus. En momentos de pandemia como el actual, la brecha entre ciencia y religión puede volverse más ancha y restarle adeptos, al menos, al catolicismo. El saldo de la pandemia aún está por verse, pero si este panorama mundial tan complejo comienza a volverse constante, quizás el número de católicos nos sorprenda a finales de esta segunda década del siglo. 

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