¿Y la Historia para qué?

En los últimos días de este 2020 turbulento, las protestas antirracistas y la destrucción de estatuas de personajes del pasado como Edward Colston, Cristóbal Colón y […]

En los últimos días de este 2020 turbulento, las protestas antirracistas y la destrucción de estatuas de personajes del pasado como Edward Colston, Cristóbal Colón y fray Junípero Serra, acusados —bajo esquemas de interpretación modernos— de genocidas, destructores de culturas y racistas han ocupado las primeras planas de los medios internacionales. En mi editorial de la semana pasada hice hincapié en que estas manifestaciones no son particulares del presente, como tampoco son propias de este año las demandas que tienen los manifestantes ni los derribos de monumentos que han producido.

Por lo anterior ofrecí varios ejemplos diversos en tiempo, espacio y motivaciones que, a mi juicio, demuestran cómo la sociedad ha interpretado y juzgado el pasado según los acontecimientos y procesos que vive en su presente. En ningún momento pretendí relacionarlos con un mismo fenómeno causal ni atribuirles, en mi carácter de estudioso de la historia, interpretaciones anacrónicas o subjetivas.

Por el contrario, señalé claramente que estas interpretaciones que la sociedad hace de su pasado tienen una clara raíz en la manera en que se “aprehende” la historia. Es decir, la actitud de la gente en torno a determinados acontecimientos pretéritos deriva muchas veces de la forma en cómo aquella conoce, entiende, recupera, explica y reproduce ese pasado, por ejemplo, a través de la memoria, de las historias, de la música, de las pláticas, de las protestas y de un sinfín de vías de comunicación que decantan en una manera “no unívoca” de interpretar la historia.

Luego entonces hice un señalamiento con el que finalicé mi editorial anterior: “los monumentos no son el problema, no nos confundamos”, dando a entender que no tiene sentido alguno la destrucción de estatuas o su retiro cuando los problemas que en el siglo XXI la motivan siguen presentes: el racismo, la xenofobia, el rechazo a las minorías étnicas, entre otras. Esto tampoco debe interpretarse como una carta abierta a lo que esas estatuas representan, simbolizan o a las acciones que quienes en ellas están representados realizaron en el pasado.

Desde la perspectiva de la Historia como ciencia carece de total sentido juzgar ese pasado, por diferentes razones: los involucrados ya están muertos, los juicios de valor son subjetivos y, además, cualquier juicio que se haga bajo circunstancias y épocas distintas pierde su aporte cuando existe ya un conocimiento previo del curso que siguieron los acontecimientos. Entendido esto, no corresponde ni a la Historia ni a los historiadores comportarse como el tribunal de la humanidad.

En el gremio de historiadores esta duda también ha sido motivo de interés y discusión en las últimas semanas: ¿Qué papel debe tomar la Historia y los historiadores ante acontecimientos tan particulares como la destrucción o retiro de estatuas? Por un lado, estos monumentos son obras artísticas, tienen su antigüedad que bajo el argumento de ser patrimonio histórico y cultural de un lugar las reviste de protección por la autoridad gubernamental; pero por otro lado, también son símbolo o representación de un pasado que, aunque quizás ya no nos tocó vivir, sí rememora actos que bajo los estándares de la interpretación moderna serían inaceptables.

Luego entonces, es posible advertir que existen dos historias: por un lado, la que los historiadores producen con fines meramente académicos o de divulgación; y por otro lado, “la historia” que la gente conoce y se apropia para interpretar su presente. Esta última, sobre todo, es posible que tenga una mayor naturaleza maniquea, pero ello no le resta valor.

En síntesis, me parece que el papel que deben jugar la Historia y los historiadores ante estos sucesos es seguir haciendo el trabajo que hasta ahora hemos producido: explicaciones de acontecimientos y procesos del pasado. Pero ello no exime que por enfocarnos en el pasado olvidemos que en el presente y sólo en el presente que vivimos se siguen reproduciendo actitudes y actividades que ya no deberían tener cabida: el racismo, la violencia, la intolerancia y una diversidad de problemas que en el pasado fueron aceptados (muchas veces bajo otros nombres). Quizás la divulgación de la historia a grupos no académicos ofrezca soluciones eficaces.

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